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I.

Con qué propósito la perturbas, la paz con sus velos

de gracia y lienzo blando, su borde villano contra el piso

cuando raspa y se viene encima la sensación de un ruido

suave, tangencial, de tiempo en el tiempo, el lienzo y yo

rasgando una línea de calle, amarillo el derrotero, lírico

entre picos, cumbres, frondas, alas que lo sustraen

al recuento de cuantos detalles pida la historia

sin perder el hilo: tras de ti

voy, no voy, de puerta en puerta.

¿La luz? Llega por mordedura,

no se rinde, va de vándala cuando se lo pido,

tan ambigua su tradición si ilumina

reptando a veces, fingiendo,

pero con qué varita, me pregunto, la mano oculta

va a remover, vida mía y tuya, ese polvo de rosas viejas,

hojas batidas por la basura en su tarro de esmalte

con yescas en la orilla, virutas de la espina carcomida

por el cuenco sucio

¿con qué voces?

tan compacto el instante de veras de verano

si persiste en la cabeza lo que tiende tibiamente

a prolongarse en placer, piel apenas, lo dudo

bajo la mengua de tu dedo, es frío, es tu día,

primero dime: a ratos la flor fructifica y la edad,

con ella, se pone, como un sol de lomo suelto,

arqueado, flexible sol de la mente única

en los tramos de su ocio, su caricia en balde

por la espalda rota, aunque ya miento,

no he visto a nadie hoy por hoy,

y entonces la historia,

una de amor por otra de odio,

¿dónde comienza?