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POR LO MENOS, imaginados a través de lo invisible, eso que marca los herrumbres

de las casas, lo diáfano de las voces, las manchas de tinta en los dedos,

las curvas de la carretera, la baba brillosa de los caracoles, sentándome

a su lado, bebido más que entero, sobre el oro de las piedras,

menos opaco fijo mis ojos en la pulpa húmeda del moho,

la sombra que acompaña el tinte irregular de las esporas

para uncirme su aliento vinoso, donde duerme su débil

tino a equivocarse, puntos a la vista, picos de los pinos.

Yo estaba simplemente entre los troncos, silencioso,

con la manos ocupadas cargando un frasco de mostaza,

un pan y una pala para untar, parado frente a ella, ahí donde

se junta el río traslúcido con las rocas, en esa blanca desnudez

ahora que el poema estaba escrito, líquido en la fécula, con su desorden

interno, incierto en puntos microscópicos, caótico chiquero, incendio de lo rudo.