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(quedarse en cuadro)

 

Francamente no hubo consanguíneos. Jamás inauguramos la matatena. No latimos en la costilla del ajeno. Ninguno se encubrió en el parque. Nada fue piedra papel o tijera. En ningún tiempo un pie aislado para hocicar el suelo. En la vida. Sólo una aorta ingenua el área galáctica de un monouniverso. Una charada frena la alteración del destino, dictaban los crecidos: no hay hambre de quitar el hipo los fraternos son tan infecciosos. El libreto cerebral así lo quiso, escaló su tiempo. Siempre hay penuria. Se palpa fondo.

 

Ahora hay bosque. No pulsamos en la histeria de los barbados hermanos. En permuta nos hallamos magnos chanceros, longevos a la risita profunda que curte la celosa barda de los giros.