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Las instituciones como trauma generacional

 

Algunos ven en los apoyos institucionales una conquista del medio cultural nacional,[1] otros abogan por que haya menos recursos directos del Estado a los artistas, otros más consideran que los estímulos debieran democratizarse, a lo que algunos responden que no es justo que se trate con un mismo rasero a los diletantes y a quienes tienen verdadero currículum y/o amplia bibliografía, etcétera. Personalmente he recibido satisfacciones y decepciones (no tanto como autor: como promotor cultural, que es el oficio del que he malvivido desde los dieciocho años; y como ciudadano, que es lo que más importa) de parte de las instituciones culturales del país. Creo que el tema es vasto y complejo y que, como dije antes, debiera debatirse en foros destinados a ello de manera específica. No obstante, me parece que nos quejamos demasiado del contexto sociopolítico y muy poco, en cambio, de nosotros mismos: quiero decir, de la posible impericia del corpus literario al que pertenecemos, de nuestras herramientas intelectuales para juzgar la obra de otros.

 

A mí, y lo he dicho antes, lo que más me importa es la poesía y los poemas, así que, ¿dónde están las obras maduras de los poetas de mi generación?... Siempre que hago esta pregunta recibo respuestas como las siguientes (todas son reales): “todavía no tenemos edad para pensar de ese modo en nuestra obra”; “ésa es una actitud romántica y anticuada, la poesía no opera como fenómeno grupal, generacional y programático”; “por supuesto que ya hay obras maduras, que no las veas es otra cosa”, “para definir la trascendencia de las obras hace falta perspectiva histórica”, y “lo que planteas es muy pretencioso”.

 

Vayamos por partes. ¿Por qué no tendríamos edad para hablar de nuestra obra en términos de madurez (vaya, ni siquiera esbozando deseos de madurez)?... Me ahorro a Becerra y a López Velarde por no condescender a la obviedad, pero no puedo ahorrarme esta paradoja espacio-temporal: todo mundo lamenta que los libros de poesía mexicana tengan 60 cuartillas promedio porque eso es lo que exigen las convocatorias de los premios, pero nadie se queja de mantenerse hasta los 35 en calidad de “joven creador”. Aquí hay un asunto de longevidad que quizá trasciende lo social y literario, y linda de algún modo con lo psicológico: ser joven hasta los 35 es cool (sobre todo si uno se compara con los futbolistas). Pero una cosa es que aceptemos la convención social de ser jóvenes para el FONCA y otra distinta que creamos que eso nos exime de la plenitud literaria.

 

En este punto, me interesa enfatizar un hecho que trasciende el asunto de la edad y la madurez creativa y atañe también a la crítica, la convivencia en el plano de las ideas, la versión cultural que hacemos del imago de escritor: dedicarnos a la literatura no sólo nos requiere un aprendizaje académico, estético y estilístico, sino también un aprendizaje psicológico que contribuya a hacer menos encarnizadas y amaneradas nuestras disputas, menos señoriales (es decir infantiles) nuestros modos de relación textual y extra-textual, menos egoístas y resentidos nuestros motivos para criticar (tanto en lo individual como en lo tocante a las instituciones), menos suspicaz y emocional la recepción de las críticas que se nos hacen. No estoy excluyéndome de estos defectos: solamente los considero como tales, y creo que de ellos participamos casi todos los poetas de este país.

 

La segunda respuesta pone el dedo en una gran llaga: sabemos que las valoraciones tradicionales ya no nos alcanzan para definir un fenómeno cultural tan concreto y a la vez complejo como la poesía emergente de un país o una lengua. Pero opongo mi réplica: ¿por qué aceptamos esto en lo que más directamente nos atañe (nuestra escritura), pero en cambio juzgamos a las instituciones, a las nociones estéticas que no compartimos, a las antologías, a todo el claustro no-escritural que rodea nuestra poesía (y que quizá pueda resumirse en lectores y promotores) con la misma vara romántica, anticuada y programática de antaño, como si fuera posible que las ideas tradicionales hubieran muerto para nosotros pero siguieran vigentes para el resto de los actores vinculados a la literatura?... Hay aquí una paradoja que refiere sutilmente, creo, nuestro trauma generacional con el paternalismo de las instituciones públicas y otras figuras de autoridad (como la crítica).

 

La tercera respuesta (“ya hay obras maduras”) me parece también propositiva, pero escandalosamente simplista. ¿Cuáles son esas obras? ¿Al juicio de qué lectores se ha puesto a prueba su vigor? ¿Leemos en ellas dominio técnico, conveniencia con un estándar estilístico, reivindicación del pasado en el sentido de tradición (o de un hipotético presente absoluto), humanismo, palimpsesto discursivo, pura belleza melódica, novedad, todo lo anterior?... Preguntas simples también, pero que no se responden sino mediante el ejercicio cotidiano de la crítica. Y, salvo contadas excepciones, los poetas de plano preferimos “explicar nuestra poética”, o generalizar sobre las constantes formales de un estrecho conjunto-universo de autores que ponernos a comentar comprometidamente y mediante ejemplos textuales la obra de otros.

 

No desestimo la necesidad de perspectiva histórica para juzgar los proyectos poéticos, siempre y cuando podamos convenir en que ésta se construye desde un temprano momento. ¿Carecemos definitivamente de perspectiva (y lo que es más: de contexto) para criticar o analizar libros como El cielo de Ernesto Lumbreras, Los hábitos de la ceniza de Fernández Granados, La cercanía de Luis Vicente de Aguinaga, Physical graffiti de José Eugenio Sánchez, Vida quieta, de Luis Felipe Fabre, por ejemplificar con libros que a mí como lector me importan?...[2]

Finalmente, la idea de que “es pretencioso” estar más interesado por la madurez de las obras poéticas que por achacar sus carencias a las instituciones o al medio literario me parece un disparate abismal. Primero, porque hay una contraposición esencial entre el escepticismo libresco que Lumbreras considera revelador –avatar que no comparto, pero percibo y considero honesto– o la noción de crisis creativa –a la que me siento más cercano– y una visión tan oportunista de la escritura: fuera del aquí y ahora en sus virtudes, pero plena en un aquí y ahora cuando se trata de justificar sus carencias. Y segundo porque de inmediato se infiere que, al hablar de que lo importante es la buena poesía, hay quien piensa que estoy asumiendo (y abusando de) el papel de autor.

 

Y no: yo ante todo me considero un lector de poemas, de poesía. Prefiero el riesgo de ser juez y parte que el silencio despectivo, el monólogo exquisitoide o el valemadrismo posmo. Yo reivindico mi posición como lector de poemas porque el problema fundamental es qué tan capaces somos de (y que tan dispuestos estamos a) distinguir un buen poema de otro que no lo es. Y a lo mejor esto sí es pretencioso. Pero hay que arriesgarse, porque (y cito un pasaje de Milán que me parece revelador en su sencillez) “Lo único que nos hace sortear la retórica, que siempre está presente en el lenguaje, es la experiencia individual del habla poética”.[3]

 

Colofón

 

Enlisto tres posibles finales.

 

a).- Si el lector estuvo de acuerdo con al menos una cuarta parte de lo que he enunciado, y en desacuerdo con la falta de entusiasmo que he dedicado a la impericia institucional (tema que, insisto, me parece importante pero ajeno al espíritu de este texto), coincidirá en que tanto llevar y traer la noción de “arte poética” es, por decir lo menos, una elegante forma de escurrir el bulto.

 

b).- Notarán que, en varias ocasiones, tuve que recurrir a charlas de café, conversaciones privadas, mesas de discusión pública y otras cifras orales para catalogar parte de las ideas en torno a la poesía mexicana reciente de las que tengo conocimiento. Creo que es importante que la crítica del fenómeno poético tenga una vida oral, pero es innegable que a nuestro contexto le hace falta poner por escrito muchas nociones para trascender el desorden y la tergiversación. Es difícil (y no ignoro su lado injusto) debatir por escrito con una idea ajena que sólo se ha esbozado en la conversación. Creo que es un buen momento para posponer brevemente el íntimo macramé y las marchas contra Sari Bermúdez y sentarnos a discutir por escrito sobre cómo estamos leyéndonos. Este texto aspira a dialogar (así sea torpemente) con los autores que intentan actualizar el discurso crítico en torno a la nueva poesía mexicana.

 

c).- Y último: he recorrido aquí, aprisa, la obra de algunos de mis amigos y colegas; no he sido lo suficientemente atento con ellos, porque los he criticado sin demorarme en poemas concretos, y sin citar pasajes que muestren de manera específica lo que afirmo. Me importaba dar en este ensayo una visión al mismo tiempo concreta y compendiosa. No obstante, me declaro en deuda con estos escritores, y me comprometo a iniciar una serie de artículos sobre algunos libros y poetas de mi generación.

 

septiembre de 2004



[1] Christopher Domínguez lo dice acerca del SNCA en Letras libres (septiembre 2004).

[2] Nota de diciembre de 2009: este párrafo me ha costado, durante el último lustro, miradas de soslayo, invectivas, reproches y unos cuantos castigos que, por decoro, me abstengo de precisar. Sin embargo, sigo pensando igual. No lancé ningún canon: enumeré libros que honestamente me importaban –que me siguen importando.

[3] Trata de no ser constructor de ruinas, filodecaballos, 2003, p. 44. De más está decir que esta “experiencia individual” no sólo atañe (desde mi perspectiva) a los poetas, sino también a los lectores.